Melodías que nunca se olvidan
En los videojuegos hay melodías que recuerdas toda la vida. Las bandas sonoras de Final Fantasy, los temas de Mario, la música de Tetris... Se quedan contigo para siempre.
Far Off Promise, un tema de Chrono Trigger interpretado como una caja de música, es una de ellas. Cuando tuve a mi hijo, tenía muchísimas ganas de poder compartirle esa música, junto con tantas otras bandas sonoras de videojuegos que significan tanto para mí.
Pero ¿cómo hacerlo? Podía ponerla en mi teléfono por la noche al irnos a dormir, pero quería que él fuera autónomo en su descubrimiento musical, sin pantalla, sin tener que sacar mi smartphone delante de él a cada rato.
La idea inicial
Un día nos propusieron regalarnos una Faba. El concepto es simple: pones una figurita encima de la caja y la música arranca. Pero cuanto más lo pensaba, más limitante me parecía. El contenido está cerrado: compras una figurita y obtienes una playlist predefinida. Imposible elegir qué música compartes con tu hijo.
Así que decidí construir mi propia caja de música.
La idea: tarjetas NFC
Mi hijo tenía un año y medio. Necesitaba algo simple e intuitivo. Para mí era evidente que la tecnología NFC era la solución: acercas un objeto, suena la música. Así que me lancé naturalmente hacia las tarjetas NFC.
La prueba de concepto
Una Raspberry Pi, un lector NFC PN532, un HAT de audio Adafruit para los altavoces y unos cuantos cables sobre mi escritorio. Sin carcasa, solo electrónica al desnudo.
Por aquel entonces acababa de aparecer una tecnología nueva: las IA generativas. Me ayudaron muchísimo. Pude escribir un pequeño script en Python trasladando directamente mis conocimientos de desarrollador iOS. El principio era simple: un archivo JSON que asocia cada tarjeta NFC a una canción. Escaneas una tarjeta y la música correspondiente sale por los altavoces.
También tenía un pequeño script de terminal que me permitía listar las canciones de una carpeta y asociarlas una a una a las tarjetas que iba escaneando. No muy ergonómico, pero funcional.
Todo monté en media tarde.
La prueba de concepto funcionaba, pero hacía falta una carcasa de verdad. Llamé a mi padre. Juntos cortamos tablas de madera y ensamblamos una caja con cola y listones de refuerzo en las esquinas. Trabajo de taller a la antigua.
Fue un momento especial: tres generaciones reunidas alrededor del proyecto. El abuelo que construye, el padre que diseña y el nieto que va a disfrutarlo.

La reacción de mi hijo


Cuando mi hijo puso su primera tarjeta sobre la caja, se puso a bailar. Captó el principio al instante.
No quiso soltar la caja en dos días. Hasta durmió con ella.
En ese momento supe que el concepto funcionaba. Mi hermana quería una para sus hijos. El proyecto acababa de pasar de un simple pasatiempo de domingo a otra cosa.